
He regresado por los huecos que atraviesan la vieja noche, donde la luz adorna los desiertos.
Las garzas encorvadas, que temen el vuelo, retenían sombras bajo los palmerales. La luminosidad que albergaba besos de labios inquietos, me despidió desde la ventana del tabique que separaba los silencios.
Un reptil de cola corta se movía en la arena y miraba como recogíamos caricias, deseando que el sol castigara nuestros cuerpos desnudos.
En aquella sinuosa orilla, una excitante aventura apretujaba un viento boreal de rítmicos aretes que, por primera vez, proscrita por el dolmen lleno de enigmas, tomaba la iniciativa.
Se entretejió y transformó en un duro delirio de mariposas melodía.
¿Por qué los gestos son espectrales, cuando estimulan el ombligo que vigila el níspero, si las caricias sinceras, orlas opalescentes de labios cobrizos se intercalan con la perversidad?
¿Señalan la oscura encrucijada abisal a la bestia que ruge en las entrañas?
La noche pasada a su lado, por sendas agrestes y caminos de sueños rebeldes, se perdió indigente, entre una selva que se cimbrea, traicionada por el último beso, que se diluyó rápidamente en la mentira.
Ahora, las sandalias llenas de recuerdos, dormitan en el umbral oxidado del alma que se extingue.
El escorpión asoma entre las cenizas y, decide, volver a verla.
ATHO